Pedro C. (7)
Los
días fueron pasando, el verano se iba acabando, y cada día era una
novedad, ya que lo bueno y que mas me atraía de este oficio, era, que
es creativo, los trabajos son individuales, empezabas con una idea y
paso a paso, llegabas al producto final, cuando entregabas al cliente
lo encargado, era como el médico cuando entrega a los padres el hijo
recién nacido, de la nada hasta el todo.
Cuando
no había mucho trabajo, el señor Claudio en la guillotina,
preparaba fardos de papel de periódico en blanco, mas o menos a
cuarenta por cuarenta, en paquetes aproximadamente sobre veinte kilos. Era muy demandado por pescaderías y carnicerías.
Esto
lo pagaban aparte, se aprovechaba los tacos de las bobinas cuando
terminaba de imprimirse, el resto que quedaba se quitaba, Manolo
“Trogen”, después José María y al final José Manuel, también
alguna vez Adolfo, ellos cortaban las mantas, Claudio las cortaba en
la guillotina y yo preparaba los paquetes, pesando y atando para su
reparto. De lo que se sacaba, la mitad se lo quedaba la empresa, y la
otra mitad se repartía en tres partes. Yo, al ser el mas joven,
llevaba la menor parte, pero como se hacía en horas de trabajo y
suponía un ingreso extra, era de agradecer, había meses que casi
igualaba el sueldo.
Al
año siguiente, ya era aprendiz de segundo año, se reincorporó
Julio Camba, había estado haciendo el servicio militar, era encuadernador y
guillotinista. Los encargos iban en aumento, por lo que decidió la
empresa comprar una guillotina nueva, cuando llegó era una
maravilla, tenía ciento quince de boca, células de seguridad, que
si tenias las manos donde no debías la cuchilla no bajaba. Un lector
digital de medida. El señor Claudio por su edad, próximo a
jubilarse, se quedó en la vieja y Julio Camba se encargó de la
nueva.
Al
ir en aumento los encargos, cuando no tenía mucho que hacer en el
manipulado, ayudaba o bien a Claudio o a Julio, moviendo el papel,
preparándolo para entrar en maquina.
Por
aquel entonces las maquinas de imprimir eran tipográficas, Una
Neviolo, cincuenta setenta, dos Heilderberg de aspas, otra Neviolo,
pero manual, en principio era automática, pero se le quitó el
sistema de entrada y salida, convirtiéndola en manual, esta era de
tamaño hasta treinta y cinco por cincuenta, y por último una manual
pequeña, que se utilizaba para hacer los recordatorios, tarjetas y
demás trabajos de poca tirada y tamaño inferior al folio.
Cuando
había que hacer los carteles de las fiestas de Corpus en la ciudad, eran diseños de pintores locales ya conocidos, Virxilio, Jaime o
Fernando Quesada, Arturo Baltar, Prego de Oliver, Alexandro, etc. Era
un parto muy esperado, la calidad con que se hacía, en cuatricomía
y el hecho de ser la obra de un artista local reconocido.
La
gente en la calle lo esperaba con expectación, era muy solicitado,
como si fuese el dibujo original, incluso aumentaba el trabajo para
los que se dedicaban al enmarcado de cuadros, lo recuerdo como un
acontecimiento social, siempre había el conocido que te pedía, si
le podías conseguir dos, tres o mas carteles.
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