Pedro C. (5)
La
idea que el cliente tenía en su cabeza, se llevaba a la práctica,
se hacía realidad el sueño de un artista, la imagen corporativa de
una empresa, el catálogo de una fabrica de muebles o de una empresa
de moda.
Todo
aquello me dejaba deslumbrado, desde el creativo hasta ver el
producto rematado, todos los pasos eran un mundo nuevo para mi, hasta
entonces veías un simple folleto publicitario en la mano, y ahora te
dabas cuenta como llegó a tus manos, paso a paso, de un pliego en
blanco hasta una cuartilla impresa, incluso a varios colores.
Estaba
en una nube, estaba donde quería estar y, ni en mis mejores sueños
podía pensar que se cumpliría.
Aquel
día pasó, no hice otra cosa que perforar tikes, pero sabía que en
algún momento haría otra cosa y otro día otra y así poco a poco,
aprendería el recorrido completo desde la nada hasta el producto
final.
Al
mediodía, a las dos salimos para ir a comer, nos volvíamos a
reincorporarnos a las cuatro de la tarde, y el turno de tarde hasta
las siete.
Cuando
llegué casa para comer, no hizo falta preguntarme que tal me había
ido, me notaron en la cara y las ganas que tenía por volver, que
aquello que había decidido era lo que quería.
Les
conté lo que estaba haciendo, lo que otros hacían y quienes eran
mis compañeros y, que entre ellos había varios que además eran
vecinos del barrio.
Después
de aquel día, llegó el segundo día, martes y trece, cuando llegué
por la mañana, encuentro en la puerta a Pepe, eramos de la misma
edad, vivía en mi mismo portal, y también venia de trabajar en una
gestoría como yo.
Hola,
que haces aquí? Le pregunté.
Me
incorporo hoy en la imprenta, me dijeron que esté a las ocho y
veinte y pregunte por el señor Ordoñez. Me dijo Pepe.
Pues
yo empecé ayer, también en la imprenta, así que vamos a trabajar
en la misma sección, desde entonces nos hicimos inseparables, por
edad, vecindad y ahora puesto de trabajo.
Yo
fui subiendo, y al poco rato entró Pepe acompañado del encargado,
lo pusieron a perforar tikes de caja como yo en una segunda maquina.
Aún
no sabíamos como iba aquello, por lo que el día pasó casi en
silencio, al mediodía fuimos juntos a comer y por la tarde volvimos
juntos al trabajo.
Fueron
pasando los días, aprendimos a encartar, cambiar la medida de la
perforadora para trabajos diferentes, en otra ocasión a grapar y así
poco a poco nos fuimos familiarizarnos con los diferentes pasos en el
apartado del manipulado.
Pasaron
los días, las semanas, los meses, y cuando no había trabajo en el
manipulado, el encargado nos ponía de ayudante de diferentes
oficiales, a Pepe lo ponían con Suárez, para que fuese aprendiendo
a imprimir tarjetas, recordatorios, etc.
A
mi me mandaron para ayudar a Julio Camba, que era encuadernador o a
Claudio el guillotinista.
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