Pedro C. (6)
Era
aprendiz de primer año, mi sueldo mensual por entonces, estamos
hablando de mil novecientos setenta, mil seiscientas pesetas netas,
para un chico de catorce años era una cantidad mas que suficiente.
Unos meses antes, cuando todavía no había entrado en el mundo
laboral, mis padres me daban cien pesetas a la semana. Ahora le daba
la mitad de mi sueldo a mi madre y aún me quedaba el doble de lo que
tenía antes.
Poco
a poco fuimos aprendiendo, cada vez algo nuevo, encartar, plegar,
etc. El tiempo iba pasando, iba cogiendo mas confianza en mi mismo,
eso me permitía disfrutar de lo que hacía. Al mes siguiente de
entrar en la imprenta, cumplí los quince años, ya en mil
novecientos setenta y uno, ya con diez y seis años, me ascendieron a
aprendiz de segundo año, eso suponía un pequeño aumento de sueldo.
A
medida que pasaba el tiempo, iba asumiendo mas responsabilidades. También
otra labor que nos encomendaba el encargado, era hacer el reparto de trabajos terminados. Esa labor nos agradaba por dos razones, una por que era una
excusa para salir a dar un paseo y la otra, era que ciertos clientes
te daban una propina, entre estos estaba el pintor Prégo de Oliver o
el escultor pakistaní Jazhe Tabatabai, etc.
El
uno se septiembre del primer año en la empresa, salimos Fernando y
yo, Fernando era su primer día de trabajo, a llevar unos paquetes a
Hermanos Abad, era una empresa que se dedicaba a venta de motos y
complementos para motorista que estaba en la calle las Caldas del
barrio de A Ponte .
El encargado nos dio cinco pesetas a cada uno
para que cogiéramos un autobús, nosotros fuimos andando y volvimos
andando, recuerdo que paramos al volver delante de los Salesianos
donde estaba un puesto ambulante de helados. Nos compramos uno cada
uno y regresamos sin prisa.
Sobre
las seis de la tarde, ya estábamos de vuelta, yo estaba con el
encargado, que me estaba explican un trabajo que me había asignado,
entonces subió Manolo “Trogen”.
-
Echarme una mano, decía, hay fuego abajo en la rotativa -.
Los
primeros en bajar, fueron el encargado, José Luis “Mudo”,
“Lorito” Herminio y Pedro un servidor, lo que vimos, fueron unos
sacos de periódicos ardiendo, José Luis fue a portería por un
extintor grande con ruedas, llego donde estábamos, le quitó el
seguro, apunto a los sacos ardiendo, pero resulta que estaba vacío,
y lo único que hizo, fue avivar mas el fuego con el aire que le
enfiló, en ese momento ya estaba descontrolado y era mucho el humo
que se producía, haciendo irrespirable el aire, la alarma ya era
general y cada vez llegaba mas gente, entonces no quedó otra
solución que salir de allí, los bomberos ya venían de camino.
Herminio
y yo, fuimos a la gasolinera de Pérez Rumbao, que estaba allí
cerca, cuando les dijimos que nos dejaran los extintores, nos
indicaron que estaban de adorno, hacía años que nadie miraba para
ellos y estaban vacíos.
Al
volver ya habían llegado los bomberos, desde la calle hasta donde
estaba el foco había bastante distancia, por lo que empalmaron
varias mangueras.
Hacia
la mitad del recorrido, estaba el sargento de bomberos, era bajito,
ya entrado en años, daba las ordenes con un silbato, en un momento
determinado, dio un silbido largo e intenso, era la orden para que
abrieran el agua, esta entro con tal presión, que hizo saltar el
empalme de las mangueras, provocan que el agua empezó a salir
descontrolada por el túnel de entrada, al pobre sargento lo puso
como un pito, y menos mal que no le golpeó la manguera
descontrolada.
Acabaron
por meter el agua por las ventanas que daban a una ferretería que
había por aquel entonces en la calle Progreso.
Cuando
dieron por finalizada la extinción de las llamas, era imposible
entrar por la cantidad de humo acumulado, al no correr ni una gota de
aire.
Entonces,
a alguien se le ocurrió que había que sacar aquel humo, para ello,
se puso en una fila de empleados, con el jefe, don José Luis
Outeiriño a la cabeza, íbamos todos con un paquete de pañuelos de
papel en la boca, a modo de filtro, un cartón de aproximadamente
cincuenta por setenta en las manos, entrabamos por la librería, al
empezar a bajar por las escaleras, comenzábamos a movérlos a modo de
abanico y salíamos por el túnel, y así una y otra vez hasta que
poco a poco se fue despejando el ambiente.
Al
disiparse el humo, se pudo comprobar los daños reales, la rotativa
no había sido afectada por el fuego, había varios sacos de sacos o
de periódicos quemados, pero el mayor destrozo eran las bobinas de
papel para la rotativa, por aquel entonces, no eran tan apretadas
como las que se sirven hoy en día, por lo que hacían la función
esponja, y en el suelo no funcionaron los desagües, por lo que había
una cuarta de agua.
Lo
primero fue sacar las bobinas a la zona del ascensor, que estaba un
poco mas elevado, y por lo tanto seco. Entre Claudio y yo, poníamos
las que estaban completamente secas, atrás, las que tenían algo de
humedad, les quitábamos el cartón protector, y sacábamos mantas de
papel que tenían humedad, hasta que llegábamos a la parte seca.
Como
hacían efecto esponja, había que hacerlo lo as rápido posible,
para recuperar la mayor cantidad de bobina seca.
Luego
tocaba achicar la cuarta de agua, pues hasta que no estuviera el piso
seco, no se podía dar la electricidad, y así evitar un posible
corto circuito.
Cuando
todo estuvo controlado, y se pudo poner la rotativa en marcha, se
hizo inventario de los daños, siendo lo peor, las bobinas perdidas
por la humedad, pues el fuego solo había quemado, como dije antes,
unos sacos de periódico devueltos, sin valor y unos sacos vacíos.
No
sé como arregló la empresa con la compañía de seguros, lo que si
puedo decir es que en agradecimiento por el apoyo del personal, para
minimizar el daño, no de todos, pero si la mayoría.
La empresa
decidió darnos una paga extra a todo el personal, equivalente a un
sueldo mensual. Fue una anécdota digna de ser recordada, pues al no
haberse producido daños personales ninguno, y los materiales
mínimos, además de haber recibido una extra, este acontecimiento,
los que lo vivimos, no lo olvidamos.
Esto
fue el primero de septiembre de mil novecientos setenta, por entonces
yo estaba yendo a una academia en Coronel Ceano, en el bajo había un
negocio de juguetería, donde hoy está el café Latino. Preparaba la
revalida de bachillerato, por aquel tiempo estudiaba por la noche
después del trabajo, entonces había que ir dosificando, primero el
curso y en septiembre la revalida
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