Pedro Cañedo
De vez en cuando hay que soltar lastre mental, para que el navegar por la vida, sea lo mas liviano posible.
De vez en cuando hay que soltar lastre mental, para que el navegar por la vida, sea lo mas liviano posible.
No se
como empezar mi historia, pero siento que debo escribirla, las
imágenes se amontonan en mi memoria y creo que debo darles salida,
si no explotaría.
Eran
mas de las doce de la noche, me sentía solo, pero la cabeza no
dejaba de dar vueltas. Los recuerdos se agolpaban como una presa a
punto de desbordar, sentía que tenía que abrir el aliviadero.
Así
que ahora toca escarbar en el disco duro y rememorar viejas
vivencias. Fueron mas de cuarenta años, tres puestos de trabajo,
ganados a pulso, mi máxima era, primero demuestra, después pide.
Un
lunes doce de enero de mil novecientos setenta, a las ocho y veinte,
comenzaba mi aventura laboral. Apenas tenía catorce años, hoy no
podría trabajar, ahora hay que tener diez y seis años para poder
empezar en el mundo laboral.
Lo
normal en estos casos es empezar por el principio. Es muy fácil
decirlo, aunque no tan fácil hacerlo. Es una frase hecha, porque,
¿donde esta en realidad el principio de las cosas?. Incluso el
nacimiento, no es el inicio de una historia, si tomamos en cuenta,
como debe ser, las causas que desembocan en ese inicio.
Puestos
en esta tesitura, no lo pensaré mas, y comenzaré por el momento en
que decidí cambiar de trabajo.
Era
diciembre, y aunque solo llevaba dos meses y medio trabajando en la
Gestoria Timiraos, no me veía con futuro, quería enfocar mi vida
profesional en otra dirección.
Varios
de los amigos del barrio, ya llevaban años trabajando, el primer
intento de cambiar de trabajo, fue en Almacenes Diéguez, era un
negocio de venta de confección al por mayor.
Se
encontraba un poco mas arriba de la delegación de Telefónica, en la
antigua calle Capitán Eloy, hoy calle de la Concordia.
A
media mañana había salido, como todos los días, a recoger el
correo del apartado, y enviar las cartas que se habían preparado el
día anterior. Al volver, me paré en los almacenes, antes
mencionados, pregunté por el responsable, me llevaron a una pequeña
oficina, había un encargado, de mediana edad, poco pelo, gafas para
leer. Cuando entré, se quitó las gafas, me preguntó, que deseaba,
dije mi nombre y que pedía trabajo, si necesitaban a alguien, me
gustaría que contasen conmigo.
Cuantos años tienes, estudios, y por
que vienes aquí a pedir trabajo, en fin lo normal en una entrevista
de trabajo.
Después
de contestar a sus preguntas, me dijo, que quizá, si no me
importaba, cabía la posibilidad de que me diesen trabajo, si no
tenía inconveniente en salir con una carretilla de dos ruedas por la
calle, para llevar pedidos a los clientes.
Le
dije, que lo pensaría, y le daría contestación, al día siguiente.
La verdad, que no me interesaba, mal por mal, prefería seguir en la
gestoría.
Al día
siguiente, era martes, diez y seis de diciembre, de mil novecientos
sesenta y nueve, a media mañana, como el día anterior, al volver de
Correos, entré en la librería de La Región, en la entonces
Cardenal Quiroga, hoy calle Alejandro Outeiriño. Allí trabajaban
varios amigos y vecinos del barrio. Pregunté por el responsable de
personal. Me dijeron que subiera al primer piso, y pregunte por señor
Dapena.
Estaba
al final de una sala llena de mesas. Le pregunté para asegurarme
- - Señor Dapena?
- - Si dime.
- - Me llamo Pedro Cañedo, trabajo actualmente en la Gestoria Timiraos, desde octubre de este año. Quisiera cambiar de actividad laboral, por lo que desearía dejarle mis datos, por si en algún momento tuvieran algo que se ajuste a mis cualidades.
Me dio
una hoja en blanco, un bolígrafo y me dijo, pon ahí tus datos,
estudios y un teléfono de contacto. Así lo hice, y cuando lo tuve
se lo entregué. Entonces me dijo, que si algo aparece, ya se
pondrían en contacto conmigo.
Me
fui, pensando, que aquello se quedaría en nada. Como así lo
pensaba, no le dije nada a nadie, para no despertar falsas
expectativas.
Pasaron
los días, llegaron las navidades, era veintinueve de diciembre,
lunes, dos menos cuarto, acababa de llegar, íbamos comer, sonó el
teléfono, lo cogió mi madre y me dijo
- - Pedro, es para ti.
- - Si, dígame
- - Don Pedro, le llamo de La Región, hace unos días nos dejó sus datos para solicitarnos trabajo, esta ha sido tenida en cuenta, el puesto, sería de aprendiz en la imprenta. Y sería para empezar lo mas pronto posible.
- - Interesar, si me interesa, pero como le comenté, en este momento estoy trabajando en otro sitio, y - como comprenderá, no puedo dejarles colgados de un día para otro.
- Correcto, me parece bien, ahora vienen varios festivos y fines de semana, si no hay inconveniente por la empresa donde trabaja a fecha de hoy, sería un buen día para incorporarse, el lunes doce de enero. Si le parece bien, se presentaría a las ocho y veinte de la mañana, por la entrada en el número once, y pregunte por el señor Ordoñez, que es el encargado.
- De acuerdo, si hubiese algún contratiempo, se lo comunicaría. Muchas gracias y Felices Fiestas.
Colgué
el teléfono, me temblaban las manos, me senté a la mesa, mis padres
y hermanos, ya estaban todos sentados, me miraban, con sus ojos me
preguntaban por la llamada.
CONTINUARÁ

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